Supernovas

La muerte de las grandes estrellas culmina con una explosión cósmica

Desde la antigüedad se han recogido testimonios de estrellas que aparecían de la nada. A este fenómeno los latinos lo denominaron stella novae (estrella nueva) y por añadidura novae o simplemente nova.

Pero no todas las novas eran iguales en luminosidad, especialmente las que emitían una luz muy intensa y desaparecían al cabo de unas semanas o meses. En 1931 se bautizó a este violento fenómeno del universo como supernova.

Existen básicamente dos tipos de supernovas según la huella espectral que dejan: Tipo I (que a su vez pueden ser Ia, Ib o Ic) y Tipo II.

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Supernovas Tipo I

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Remanente de la supernova G292.0 1.8 que debó observarse hace unos 1 600 años. NASA / CXC / SAO

Las más luminosa y frecuente forma en que se produce una supernova resulta de la unión de dos estrellas, una enana blanca y una estrella normal o gigante roja, que va perdiendo gas aspirado por la depredadora enana blanca que ve como se incrementa su masa hasta un determinado punto, 1,44 veces la masa solar.

Al no poder soportar la presión, la enana sufre una gran reacción nuclear que la convierte en supernova. Hoy se describen numerosas supernovas (los aficionados descubren hasta el 20 por ciento de todas las que se publican), por lo que se trata de un fenómeno muy habitual en el cosmos.

La explosión suele emitir tal cantidad de energía luminosa que es más brillante que toda la galaxia que la aloja.

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Supernovas Tipo II

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Remanente de la supernova 3C 58 que se observó en 1181. NASA / CXC / SAO

Cuando la estrella es muy grande y quema mucho hidrógeno hasta que lo consume, entonces los elementos pesados se fusionan entre ellos y crece la presión hasta que la estrella colapsa sobre sí misma, explotando hacia dentro y hacia fuera a la vez.

Por un lado la explosión lanza todos los elementos pesados al espacio creando una nebulosa donde se generarán nuevas estrellas. Las partes internas se colapsan generando a su vez una estrella de neutrones o un agujero negro.

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La supernova de Kepler

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La supernova de Kepler. X-ray: NASA/CXC/NCSU/M.Burkey et al; Optical: DSS

El 9 de octubre de 1604, una nueva estrella nació de pronto en el cielo. Fue la última explosión de una supernova observada en la Vía Láctea, a 13.000 años luz de la Tierra. Kepler la consignó y por eso se la conoce como supernova de Kepler.

Hoy su remanente, que abarca 45 años luz, resulta un interesante objeto de estudio que explica el origen de una supernova y como marcador de las distancias y expansión del Universo. Hasta ahora se pensaba que esta supernova, clasificada del Tipo Ia, nació del encuentro de dos enanas blancas, pero los resultados del Observatorio Chandra de Rayos X indican que esta supernova en concreto surge de la interacción entre una enana blanca y una gigante roja.

La imagen que acompaña estas letras es compuesta y superpone los datos del Telescopio Espacial Spitzer, del Observatorio Chandra de Rayos X con los del telescopio espacial Hubble. En azul y en verde, los rayos X captados por Chandra; en amarillo, la imagen óptica capturada por Hubble; en rojo, los datos de infrarrojo proporcionados por Spitzer. Créditos: X-ray: NASA/CXC/NCSU/M.Burkey et al; Optical: DSS

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La corona de luz de una supernova

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Recreación artística de la fotografía captada por ALMA, el gran radiotelescopio europeo en territorio chileno, del polvo y las ondas de choque que circundan la supernova SN 1987A. En rojo, los restos de la estrella que explotó. ALMA (ESO / NAOJ / NRAO) / Alexandra Angelich (NRAO / AUI / NSF)

En 1987, nos llegó por primera vez la luz de una supernova conocida como SN 1987A, cercana por encontrarse en la Gran Nube de Magallanes, una galaxia enana vecina de la Vía Láctea, a 160 000 años luz de distancia.

Esta supernova sirve para que los astrónomos estudien la evolución de las galaxias, ya que se han detectado, en la parte central del material eyectado por la explosión, grandes cantidades de polvo cósmico, material que se encuentra por doquier en las galaxias, sobre todo las más jóvenes.

La supernova se encuentra rodeada por un anillo de luz formado por la colisión de la onda expansiva con las partículas del primer material expulsado en la explosión.

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Preludio de una supernova

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Una futura supernova. ESA / Hubble y la NASA

Una imagen de enero de 2014) captada por el telescopio espacial Hubble, muestra un ojo morado sin párpados que nos mira desde las profundidades del espacio, a 20 000 años luz de distancia. Conocido oficialmente como objeto [SBW2007] 1, abreviando SBW1, se trata de una nebulosa con una estrella gigante en su centro. La estrella era originalmente veinte veces más masiva que el Sol, pero en la actualidad se encuentra encerrada en un anillo giratorio de gas púrpura.

Pero no se trata de cualquier estrella, sino de una futura supernova. Y ¿cómo lo saben los astrónomos? Porque ya se detectó un objeto similar hace 26 años, cuando otra estrella (SN 1987A) semejante se convirtió en supernova. Los anillos son idénticos, tienen el mismo tamaño, la misma edad, viajan a una velocidad parecida, se han localizado en la misma región celeste, y tienen el mismo brillo.

Con un poco de suerte, la esperada transformación cósmica puede ocurrir a lo largo de nuestra vida.

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Supernovas del futuro

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Cúmulo de Ptolomeo Messier 7. ESO

Uno de los cúmulos estelares más atractivos para los astrónomos es Messier 7 (o NGC 6475), también llamado Cúmulo de Ptolomeo, quien ya lo describió en el año 130 como una "nebulosa tras la picadura de Scorpius". En el siglo XIX John Herschel, lo calificó como un "cúmulo groseramente disperso de estrellas. Tan extraordinario objeto tiene la séptima entrada en el catálogo de Charles Messier (1764).

Este cúmulo se encuentra en la constelación de Escorpio, formado por unas cien estrellas a 800 años luz de distancia, en una región que abarca 25 años luz.

Una nueva fotografía de M7, la imagen que preside esta entrada, tomada por el telescopio Cassegrain Wide Field Image (WFI) de 2,2 m del Observatorio chileno de La Silla, gestionado por la organización astronómica europea ESO, al igual que el gran telescopio óptico VLT del Observatorio del Paranal también chileno, muestra este cúmulo que tiene el mismo origen y cuyo final predicen los astrónomos, señalando que los diamantes más brillantes del Escorpión algún día se convertirán en supernovas y las estrellas más apagadas acabarán alejándose unas de otras.