¿Qué es la empatía?

Personas ayudando a otros
 Jamie Jones/Getty Images

La empatía es la capacidad para ponerse en el lugar del otro y saber lo que ese otro siente o incluso lo que puede estar pensando. Del griego "empátheia" (pathos, sentimiento) la empatía describe, en pocas palabras, la habilidad de ponerse en los zapatos del otro. 

Las personas con una mayor capacidad de empatía son las que mejor saben "leer" a los demás. Son capaces de captar una gran cantidad de información sobre la otra persona a partir de su lenguaje no verbal, o sus palabras, por el tono de su voz, su postura, o su expresión facial, etc.

Con base en esa información pueden saber lo que está pasando dentro de ellas, lo que están sintiendo. Además, dado que los sentimientos y emociones son, a menudo, un reflejo del pensamiento, son capaces de deducir también lo que esa persona puede estar pensando.

Cómo desarrollar la empatía

Una persona puede aumentar su capacidad de empatía observando con más detalle a los demás mientras habla con ellos, prestándoles toda su atención y observando todos los mensajes que esa persona transmite, esforzándose por ponerse en su lugar y "leer" lo que siente. Si mientras hablas con alguien, estás más pendiente de tus propias palabras, de lo que dirás después, de lo que hay a tu alrededor o de ciertas preocupaciones que rondan tu mente, tu capacidad para "leer" a la otra persona no será muy alta.

La empatía es mucho más que saber lo que el otro siente, implica responder de una manera apropiada a la emoción que la otra persona está sintiendo.

Es decir, si alguien te dice que acaba de romper con su pareja y tú sonríes y exclamas "¡Qué bien!", no estás dando una respuesta muy empática, ni mucho menos la respuesta que tu amigo estaba esperando. 

Para desarrollar empatía los niños imitan los comportamientos de sus padres. Niños que crecen en un hogar donde los sentimientos de los otros importan, donde hay diálogo y discusiones constructivas, donde hay respeto por la diferencia de opiniones, y donde ellos se sientes escuchados, serán personas con más habilidades para ponerse en el lugar del otro.

Hogares donde se habla de sentimientos de manera abierta, ya sean buenos o malos, generan un espacio seguro para que los niños aprendan a hablar de los suyos propios y a reconocer sentimientos en los demás. Por el contrario hogares de padres egoístas, donde no se habla de lo que cada miembro de la casa está viviendo, donde se dan juicios de valor a los comportamientos y donde se ignoran los sentimientos de los niños, generarán personas centradas en su propia experiencia incapaces de reconocer en el otro el impacto de sentimientos negativos, o emociones de cualquier tipo. 

Correspondencia entre la empatía y la compasión

La empatía está relacionada con la compasión porque es necesario cierto grado de empatía para poder sentir compasión por los demás. La empatía te permite sentir su dolor y su sufrimiento y, por tanto, llegar a compadecerte de alguien que sufre y a quien deseas prestarle tu ayuda.

En general es fácil para la mayoría de las personas tener una respuesta empática ante un daño físico ocurrido a otra persona. Por ejemplo, todos sabemos lo que se siente ante un golpe en la espinilla contra la esquina de una mesa de café, porque todos sentimos lo mismo y es fácil sentir el dolor de la persona que vemos recibir el golpe.

No obstante, para evitar el malestar que se siente, muchas personas reaccionan riéndose. De este modo, se libran del dolor, aunque también se alejan de una respuesta empática.

Cuando no se trata de dolor físico, sino emocional, puede ser más difícil saber lo que la otra persona está sintiendo y requiere un grado de atención y de conciencia más elevado.

La falta de empatía

La falta de empatía puede verse a menudo al observar las reacciones de los demás. Cuando una persona está principalmente centrada en sí misma, en satisfacer sus deseos y en su propia comodidad, no se preocupa por lo que los demás puedan estar sintiendo y no tiene una respuesta empática ante ellos. Es la madre o padre que responde con un "mmm" indiferente, cuando su hija pequeña le enseña con entusiasmo su último dibujo, sin percibir la decepción de la niña al ser ignorada.

Es el marido que llega a casa cansado del trabajo y se sienta a ver la tele mientras espera que su esposa, que también llega cansada del trabajo, se ocupe de hacer la cena y de bañar a los niños. O es la persona que dice no importarle si hay calentamiento global o si estamos contaminando el ambiente porque considera que ya habrá muerto cuando todo eso sea un verdadero problema.

Tal vez vivamos en una sociedad donde la gente es cada vez menos empática (según un estudio de la Universidad de Michigan, los niveles de empatía de estudiantes universitarios cayeron un 40% entre el año 2000 y el 2010). No obstante, el único modo de hacer que el mundo sea cada vez más empático y no al revés, consiste en que cada persona se esfuerce por ser algo más empática, prestando más atención a los demás, a sus emociones, a lo que pueden estar sintiendo o pensando o cómo les afecta lo que dices o haces.

La empatía requiere, por lo tanto, prestar atención a la otra persona, aunque es un proceso que se realiza en su mayor parte de manera inconsciente. Requiere también ser consciente de que los demás pueden sentir y pensar de modos similares a los nuestros, pero también diferentes. Tal vez a ti no te moleste un determinado comentario o broma pero a otra persona sí puede molestarle. La persona empática es capaz de darse cuenta de que dicho comentario te ha molestado incluso aunque ella sienta de otra manera.

Un ejercicio diario de escuchar más a los otros y centrarse menos en uno mismo es un pequeño primer gran paso.

 

Ejemplos de muestra de empatía—y falta de ella

Ver una película y sentir la tristeza del protagonista es un ejemplo sencillo de cómo nosotros sentimos empatía. Ver a un niño llorando por su mamá nos conmueve, así como a una anciana en necesidad nos da pena y nos hace sentir impotentes. Así mismo escuchar los problemas de nuestra pareja en el trabajo y ver cómo le afectan nos genera también malestar, o ver a nuestra amiga pasar por un amargo divorcio nos deja con al ánimo decaído. Todos los días nos enfrentamos a pequeños episodios en los que nuestra empatía se pone a prueba.

Por el contrario mucha gente no siente nada o no reacciona cuando ve a una madre intentar controlar a dos niños mientras los sube al carro, junto con las bolsas del mercado. Una persona con un moderado nivel de empatía ofrecería su ayuda a cargar las bolsas, pero muchos seguirían de largo sin inmutarse, tal vez pensando "no es mi problema." Un ejemplo de la actualidad puede ser el drama de los inmigrantes en varias partes del mundo; quienes vemos esas noticias nos conmovemos y muchos ayudamos y queremos colaborar para mejorar sus condiciones, pero muchos otros, enfrentados a la misma información, puede que cambien el canal de televisión y no sientan nada por el drama de esas familias atraviesan. Nosotros somos lo que vemos en casa; si nuestros padres son personas empáticas y dispuestas a ayudar a otros así mismo seremos nosotros, y así nuestros hijos. Pequeños actos de bondad todos los días hacen una diferencia inmensa en la vida de otros, y por ende en la de nosotros mismos.