Pareja: mentiras y falta de honestidad

Deshonestidad
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Algunas personas se han acostumbrado a fingir en sus relaciones. Puede que, en un momento dado, se sientan tristes, pero consideran que no deben estar tristes porque eso puede entristecer a su pareja, así que se ponen una máscara de felicidad y se engañan a sí mismos y a los demás.

O tal vez a tu pareja no le guste que quedes con tus amigos o con tu ex pareja, con quien tienes una buena amistad desde hace tiempo, y entonces tú renuncias a ver a esas personas o acabas viéndolos a escondidas.

En este caso, tu deshonestidad te ha empujado a las mentiras y el engaño.

O quizás tu pareja tiene a veces un comportamiento que no apruebas pero piensas que debes quererla en todo momento y no contradecirla nunca, de manera que te engañas a ti mismo diciendo que no es para tanto, que no debe molestarte algo así, y engañas también a tu pareja al decirle que no te molesta lo que hace.

Sara pensaba que su pareja debía estar pendiente de ella en todo momento y cuando no era así, era desagradable con él y le hablaba con desprecio. Marcos, su pareja, pensaba que debía quererla en todo momento, de modo que callaba y aceptaba sus comentarios con una ligera sonrisa falsa. En este caso, era Marcos quien no estaba siendo honesto con sus sentimientos, pues realmente se sentía herido y pensaba, en esos momentos, que ella era odiosa. Al no reconocer sus sentimientos, tampoco hacía nada para cambiar las cosas, de manera que ella seguía hablándole con desprecio en cuanto consideraba que no tenía toda su atención.

Esta falta de honestidad puede impedir que haya una verdadera intimidad en la pareja; falta una conexión real porque hay demasiados secretos. En tu afán de agradar a tu pareja y de no hacer nada que le moleste, acabas mintiendo, fingiendo, reprimiendo tus sentimientos u opiniones y alejándote tanto de tu pareja como de tu verdadero yo.

Este engaño acaba pasando factura tarde o temprano

La falta de honestidad puede ser típica, en algunos casos, de personas que desean gustar a todo el mundo (o que tienen un intenso deseo de agradar en todo a su pareja) y se rigen más por los deseos y preferencias de los demás que por los propias. Son personas que, en vez de preguntarse: “Cómo quiero yo hacer esto o qué quiero hacer ahora”, se preguntan: “Cómo esperan los demás (pareja, padres, etc.) que haga esto o qué esperan que haga ahora” y esto último es lo que hacen, de manera que pueden acabar siendo como barcas a la deriva, sin llevar el timón de sus vidas y sintiéndose desgraciados y perdidos.

Acaban por no saber lo que sienten porque, en vez de sentir libremente, comienzan a preguntarse qué deberían sentir y tratan de convencerse de que eso es precisamente lo que sienten: “Se supone que esto debería gustarme; por tanto, me gusta”. Este modo de sentir o, más bien, de no sentir, es más común de lo que imaginas y, si te paras a pensar y analizar tus emociones con honestidad, es posible que descubras que, al menos en algunas ocasiones, estás actuando de ese modo.

El miedo a no ser amados

Este comportamiento se debe al miedo a ser rechazados o a no ser queridos por los demás.

Al fin y al cabo, todos somos seres sociales y, en mayor o menor medida, deseamos agradar a los demás, regirnos por las normas del grupo y no ser rechazados. Pero al mismo tiempo, deseamos y necesitamos ser libres para sentir, opinar o actuar. Encontrar el equilibrio entre estas dos tendencias no siempre es fácil pero es importante hacer todo lo posible por ser honestos con nosotros mismos si queremos mantener relaciones satisfactorias y honestas con los demás.

Lo más curioso es que muchas personas que dejan de comportarse así y empiezan a ser más asertivas y expresar sus verdaderos deseos y sentimientos, suelen mejorar sus relaciones con los demás. Tal vez pierdas algunas amistades que solo te querían por tu sumisión pero serán el tipo de amistades que no vale la pena conservar.

Por supuesto, saber lo que sientes no significa que tengas que expresarlo siempre.

Puedes elegir libremente expresar o no tus sentimientos pero al menos sabes lo que sientes y lo que deseas y eres capaz de actuar en consecuencia.

Tu propia libertad hace más libre a tu pareja

En una pareja, el comportamiento de cada uno de ellos tiende a moldear el comportamiento del otro. Cuando empiezas a dejar de pretender hacer en todo momento lo que tu pareja desea y empiezas a tener en cuenta también lo que tú deseas, estás dando también a tu pareja más libertad para ser honesta. Emilia comenzó a ir al gimnasio en vez de estar siempre en casa a la hora en que volvía Sergio de trabajar y él, aunque al principio reaccionó sintiéndose molesto, luego se dio cuenta de que también podría disfrutar de esa mayor libertad y comenzar a hacer cosas que deseaba hacer y no hacía por miedo al enfado de Emilia.

Al empezar a ser ambos más honestos y conceder al otro el derecho a ser honesto también (permitiéndole tener sentimientos y opiniones o deseos propios y contrarios a los suyos) su relación no solo mejoró sino que se sintieron más relajados estando juntos.

Por tanto, es tan importante ser honesto, como conceder a tu pareja el derecho a serlo, sin enfadarte cuando intente expresar sus deseos o no esté de acuerdo contigo.