Mi experiencia con la lactancia materna: de frustración a felicidad

Las dificultades y cómo un pequeño cambio hizo toda la diferencia

lactancia materna
La posición de tu bebé es la clave del éxito al dar de mamar. ©Hildara Araya

La enfermera me entregó a Daniel minutos después de su nacimiento, y como si sintiera un hambre voraz por primera vez en su vida, él se acopló a mi pecho y empezó a mamar. Él sabía qué hacer, y yo, por fortuna, también. Daniel fue mi segundo hijo y la lactancia materna nos fue bastante sencilla, pero debo admitir que con Mariana, mi hija mayor, esos primeros días definieron para mí la maternidad como sacrificio.

Yo fui una madre primeriza muy proactiva. Leí todos los libros, vi las películas, asistí a todas las clases y creí saberlo todo. Cuando me entregaron a Mariana para darle de mamar por primera vez, yo sabía que ella debía abrir la boca bien grande y succionar todo el pezón, que comería por lo menos cinco minutos y debería repetir el ciclo cuando ella lo pidiera. Mariana solo quería dormir.

Cada tres horas, como lo decía el libro, intentaba despertarla para darle de mamar. Cuando ella medio abría los ojos, yo le me medio abría la boca y la acercaba hasta que quedara bien acoplada, según yo.

El acoplamiento es la forma en que la boca del bebé se adhiere al pecho. Idealmente, los labios del pequeño deben abrirse hacia fuera y todo el pezón y la mayoría de la areola deben quedar dentro de la boca del bebé, de modo que pueda masajearlo con la lengua mientras succiona.

Otro término que aprendes como nueva madre es calosotro, que es la primera forma de leche materna; esas gotitas amarillentas que salen de tu pecho los primeros días de la lactancia.

Se trata, en realidad, del alimento perfecto para tu bebé porque tiene más de 60 componentes que le ayudan a fortalecer su sistema inmunológico y contiene la nutrición justa para el desarrollo de su corazón, cerebro, sistema nervioso y digestivo. La cantidad, aunque poca, es exactamente la que necesita tu recién nacido y su estómago, que es apenas del tamaño de una canica.

Mientras Mariana tomaba su calostro, yo lloraba. Se sentía -literalmente- como si me estuvieran mordiendo el pezón. Esa succión insaciable que recibía apenas gotitas terminó por romperme la piel y por debajo se sentían moretones que no soportaban ni el roce del sostén. Mariana ya no dormía tanto. Ahora solo quería comer.

Al tercer día me “bajó la leche” (lo sabrás en cuanto lo sientas; a mí me sucedió de noche). Al despertar mis pechos habían crecido tres tallas y por dentro cargaban piedras. Dolían como si fueran a explotar.

Llenos de leche materna, ya mi hija no tendría problemas, pensé yo. Intenté diferentes posiciones: acostada de lado, sentada, con las almohadas de la lactancia. Ella intentaba tomar pero era más el esfuerzo que el beneficio, y terminábamos las dos frustradas. Poco después pude ver la inequívoca señal de que la lactancia no iba bien: Mariana vomitó color rosado, parte leche materna, parte mi sangre. Y yo reaccioné de la peor manera: me estresé.

Mariana aumentó unas cuantas onzas al llegar su primera cita con el pediatra. No había mayor razón para preocuparnos, dijo el médico, pero igual me envió a casa con una muestra gratuita de fórmula para recién nacidos, cortesía del fabricante.

Habría sido muy fácil abrir la lata y mezclarla con agua, pero la leche materna es el mejor alimento para el bebé y mi convicción era firme. Esa fue la clave del éxito.

Pasaron diez días eternos antes de que recordara sobre la clínica de la lactancia en el Hospital de las Mujeres de Costa Rica. Una visita de cinco minutos con una consultora de la lactancia, una pequeña modificación a mis hábitos y todo cambió.

Mi gran error resultó ser la posición. Mi bebé estaba demasiado abajo con respecto al pezón, entonces cuando intentaba succionar terminaba jalándolo, y ahí la fuente de mi dolor y la poca leche que lograba tomar ella.

Cuando vas a dar de mamar, sea cual sea la posición, la boca del bebé debe estar de frente al pezón. Si das de mamar sentada, el único soporte que necesitas es tu brazo, pues la cabeza de tu bebé en la parte interna de tu codo queda a la altura perfecta.

Luego solo giras al bebé un poco para que quede viendo el pecho, y su pancita queda tocando la parte superior de tu abdomen. Para que se acople correctamente, debes acercar el bebé al pezón (no viceversa) cuando tiene la boca bien abierta. Sus labios deben quedar abiertos hacia fuera y se debe ver solo un poco de la areola (el aro oscuro alrededor del pezón).

Para sanar mis heridas, el mejor remedio fue también la leche materna y un poco de frescura. Luego de dar de mamar, humectaba el pezón con más leche materna y lo dejaba secar al aire, en una escena que solo se permite en casa con puertas cerradas.

Abandoné por completo las almohadas de lactancia, que aunque a algunas madres les gustan, a mí me fue mejor sin ellas. Encontré la posición más cómoda y efectiva para mí y mi bebé, que resultó ser sentada, y por fin pude disfrutar la lactancia materna. Pude ver a los ojos a mi bebé mientras le daba el alimento ideal, sentir esa conexión única y estar tranquila.