La leyenda de la casa de los espejos

Celos, crímenes y venganzas en una casona maldita

Foto: Pablo D. Flores

En la elegante ciudad española de Cádiz, en su porción más antigua, se erige una imponente casa de tres pisos que posa silenciosa en la zona costera conocida como La Alameda. Si bien se trata de una propiedad envidiable, nadie parece interesarse en adquirirla o visitarla, ya que según la leyenda que se cuenta en voz baja en esa ciudad, el caserón está habitado por un espíritu que en vida fuera una jovencita que murió trágicamente y que, apesadumbrada su alma, aún contactacon los pocos curiosos que se atreven a hollar el misterio del lugar.

Cuenta esta leyenda que la casa en cuestión pertenecía a una acaudalada familia, el jefe de la cual era un marino de alta graduación, constantemente de viaje para cumplir con sus deberes de oficial. El resto del grupo familiar estaba compuesto por la esposa del hombre y la hija de ambos, una bella jovencita que estaba comenzando a aprender a vivir. En apariencia, todo era armonía y felicidad, pero un avieso rencor reptaba por las paredes de la casa.

Sucedía que a pesar de la conducta ejemplar del hombre, su esposa no podía ocultar sus aterradores celos, celos para con su propia hija, a quien el marino adoraba locamente y constituía la fuente de sus anhelos y esperanzas. Tras regresar de los viajes, traía a su hija importantes obsequios, pero ella pedía una sola clase de regalos: espejos. Pronto la casona se llenó de espejos provenientes de todas partes del mundo, algunos extremadamente valiosos.

La hija del matrimonio sonreía y era feliz, la madre mascullaba en silencio su impotencia y sus desmedidos celos. De a poco una idea macabra comenzó a adueñarse de su cabeza.

En la ocasión en la que el marino, una vez más regresaba de sus tareas en alta mar, trayendo un exquisito espejo como regalo para su amada hija, se encontró con una noticia terrible: su hija, en la flor de la juventud, había muerto.

Su mujer, entre desesperadas lágrimas, explicó que la niña había enfermado súbitamente, y a pesar del denodado esfuerzo de los médicos, nada había podido hacerse para salvarla. Destrozado, el marino se encerró en su dormitorio a sollozar y lamentar a viva voz la trágica pérdida de su hija. Abandonó su trabajo y se refugió en la soledad y el alcohol. Su mujer intentó acercársele, pero el marino rechazaba todo contacto; sólo pensaba en su querida hija muerta. Su esposa, antes celosa del amor que el hombre dispensaba a su hija viva, sufría ahora por ser apartada a favor de la hija muerta.

Una tarde estalló, de la manera más imprevista, la verdad: creyendo ser víctima de una alucinación, el hombre vio, en la superficie de uno de los espejos, a su esposa colocando veneno en la comida de su hija y a su hija muriendo entre ayes de dolor, sola en su cuarto. Una y otra vez se repitió la visión, hasta que el hombre se convenció de la veracidad de esas imágenes. Fue donde la mujer, que dormía en un cuarto alejado en la misma casona, y le dio muerte, de forma cruel. Luego, escribió una nota explicándolo todo, tomó su arma y se suicidó. Aquí termina la tragedia de la familia que habitaba el lúgubre caserónde Cádiz.

Los cuerpo fueron retirados y la casa se selló. El escándalo que provocaron los asesinatos y el suicidio fue tal que nadie quería pasar cerca de la casa, a excepción de muchachones buscando diversión barata con la que asustar a sus novias. Un grupo de ellos se adentró una noche en la casona y comenzó a recorrer los cuartos, quizás buscando cosas de valor. Pronto se percataron de que la casa estaba repleta de espejos, en todos los cuartos, espejos grandes y pequeños, gigantescos y diminutos, todos ellos respetuosamente cubiertos por sábanas y mantas. Cuando un miembro del grupo de muchachos decidió echar una mirada debajo de las mantas que cubrían a uno de los espejos, dejó escapar un grito: allí, mirándolo fijamente, con los ojos destilando tristeza, estaba la imagen de la jovencita. La leyenda afirma que vive en los espejos, esperando un vuelco de su destino que le permita unirse con su padre.

Ya nadie se acerca al caserón de los espejos de Cádiz.