Hacer lo que podemos como madres

© José Luis Peláez Inc

Cuando tenemos un hijo, se abre ante nosotros una nueva forma de vida. Normalmente esto es inesperado, porque por mucho que hayamos leído o nos hayan contado y a no ser que hayamos vivido una convivencia en la que hayan nacido varios niños, hay tantos aspectos que nos van a sorprender, que una se da cuenta que la ilusión de incorporarnos rápidamente a nuestro antiguo estilo de vida es solamente una ilusión. 

Si nos dejamos llevar por este maravilloso cambio, veremos que la realidad es que tampoco queremos volver a ser las de antes, ahora somos mamás y esto en sí, ya nos hace diferentes de las que éramos. Querer que el niño se amolde a nuestra vida supone una batalla sin fin contra sus necesidades y una se da cuenta que lo mejor es ir cediendo espacios o situaciones que antes nos parecían inamovibles y ahora vemos que no funcionan en este nuevo binomio.

En este nuevo yo en el que nos convertimos, queremos hacerlo lo mejor posible. Y llegamos ahí desde varias situaciones familiares que puede ser completamente opuestas pero que terminan unidas: queremos hacerlo de una manera completamente diferente a como lo hicieron nuestros padres o por el contrario nos parece muy bien cómo lo hicieron con nosotros y queremos continuar con ese estilo. 

Y no es que nos suponga un esfuerzo hacerlo de cualquiera de estas maneras: sencillamente es la única manera en la que concebimos criar a nuestros hijos.

En una conferencia a la que acudí cuyo ponente principal era el famoso pediatra y escritor español Carlos González, este fue preguntado sobre cómo eran los adolescentes criados al estilo del que se estaba hablando en dicha conferencia que era la crianza con apego, también llamada crianza natural o Attaching pareting.

 

Su sabia respuesta nos sirve para cualquier tipo de crianza: quizá a usted le guste ser un poco más estricta. No importa, porque también le será válida:

Él dijo queya tenía dos hijos adolescentes educados en ese tipo de crianzay que eran unos niños maravillosos. Pero insistió en algo que a él le parecía fundamental: los niños eran así, pero podrían no haberlo sido y no obstante no hubiera lamentado  haberlos criado así ni dudaría si tenía que haber sido más estricto con ellos... Simplemente hizo lo que podía hacer, lo que sentía, lo que creía que había que hacer para educar a un niño.

El resumen sería que no educamos esperando que los niños salgan de una manera u otra sino que lo hacemos porque es la manera que entendemos que deben ser tratados los niños.

Esta reflexión me parece que es una genialidad ya que cuando nuestros hijos van creciendo y desarrollando su personalidad, nos encontramos con personas tan independientes de nosotras que podemos llegar a asustarnos. Habremos sido sido comprensivos o estrictos, pero hay un porcentaje de ellos que son su pura personalidad sin la sinterferencias de nuestras creencias, así es que estar tranquilas con la manera en la que le hicimos, es fundamental para enfrentarnos a los retos que nos deparan los años venideros en los que nuestros hijos llegarán a ser adultos.

Por el camino nos cuestionarán y harán tambalear los recuerdos de eso bebés que abrazábamos enamoradas. Son ellos mismos, están ahí, pero van camino de ser adultos y nosotras hicimos lo que pudimos y supimos para ayudarles en su desarrollo.