Gritar no es una buena idea, descubre las razones

Messir

Venimos de una cultura en la que hablar alto o incluso gritar es normal. La mayoría de nosotros nos hemos criado en familias en las que se gritaba, nuestras madres nos gritaron y nosotros, con mucha frecuencia, gritamos a nuestros hijos.

Y a la vez leemos o escuchamos que no hay que gritar a los niños y a los adolescentes, que lo de gritar es una práctica educativa errónea. Pero nosotros nos decimos, también con frecuencia, que al fin y al cabo es nuestra cultura.

Y por esa razón en muchas de nuestras familias seguimos gritando a nuestros hijos cuando llegan a la adolescencia.

Porque la adolescencia es un momento complicado para todos. Los chicos y las chicas tienen esos cambios frecuentes de humor, incluso muchos que cuando fueron niños eran tranquilos y obedientes, al llegar a la pubertad empiezan a ser respondones, a no hacer caso de lo que les decimos e incluso a contestarnos mal con mucha frecuencia. Es decir, vivir con ellos nos obliga a tener una enorme paciencia que a veces se acaba. Y muchos de nosotros, cuando eso ocurre, gritamos.

Pero gritar en esos momentos es lo peor que podemos hacer porque gritar hace que la situación se convierta en un círculo del que es muy difícil salir.

Por qué no es bueno para los adolescentes

  • Se ponen más nerviosos. Para salir de una situación de conflicto lo que necesitamos es tranquilizar a nuestro hijo o hija adolescente que la ha provocado. Si le gritamos conseguimos lo contrario, que se ponga aún más nervioso.
  • Se sienten rechazados. Aunque nosotros hayamos vivido esa costumbre en nuestra infancia y adolescencia, los gritos no tienen nada de positivo, solo hacen que la persona a la que gritamos se sienta rechazada por nosotros. Lo que nuestro adolescente necesita es sentir amor y comprensión. Si conseguimos que sienta ese amor le desarmaremos, es decir, desbaratamos en parte su enfrentamiento contra nosotros y hacemos mucho más sencilla la salida del conflicto.
  • Actúan por imitación. Los adolescentes son respondones por definición. Y los conflictos estallan casi siempre porque ellos se enfrentan a sus padres. Es muy difícil hacer que dejen de comportarse mal, que dejen de hablar a sus padres de forma inapropiada o de enfrentarse a ellos si se lo pedimos con un comporamiento agresivo, porque los gritos son exactamente eso.

 

Tampoco es bueno para ti

  • Sentimiento de culpabilidad. Aunque en el momento en el que gritas tengas la sensación de que has descargado, lo cierto es que como gritar nunca funciona, lo que vas a sentir después de haberle gritado a tu adolescente es culpabilidad. Primero porque nunca funciona y segundo porque has perdido el control.
  • Sentimiento de fracaso. Los gritos no logran nada por eso cuando no gritamos no solo nos sentimos culpables sino que tampoco conseguimos solucionar el conflicto con lo que además sentiremos sensación de fracaso.

 

Ejercita una vida sin gritos

Cuando tu costumbre es gritar porque a ti te han gritado desde siempre, es difícil cambiarlo pero no imposible. Para lograrlo, lo primero que tienes que hacer es pensar en lo que significa gritar, tanto para ti como para tu hijo o hija adolescente. Debes analizar bien lo que ocurre cuando le gritas y lo que ocurre cuando consigues mantener la calma.

La diferencia en su reacción. Debes analizar muy bien en qué ocasiones te resulta más difícil evitar los gritos, a la mayoría de las personas eso les ocurre cuando están cansados pero también hay ocasiones más personales, es decir, a cada padre o madre le saca de quicio una cosa diferente de sus hijos.

Una vez que tienes claro todo eso, hay que ponerse en marcha para acabar con los gritos. Un buen sistema es ir día a día. Cada mañana decide que ese día no vas a gritar. Los primeros días te costará mucho y se te escapará algún grito pero no dejes de hacerlo por eso, debes seguir intentándolo. Incluso, si te das cuenta a la mitad del grito, detente y vete a un lugar en el que estés solo. Tu hijo o hija adolescente se quedará tan desconcertado que quizá solo con eso consigas detener el conflicto.

Explícale a tu hijo o hija lo que están intentando, dile que lo haces por los dos, para que vuestra relación y vuestra vida sea mejor. Que el vea que su padre o su madre hacen un esfuerzo por mejorar la relación familiar es un argumento educativo de primera. Y él o ella aprenderá a ser mejor persona.