Elegía

Formas poéticas

Elegía. Piekni

"Hoy recuerdo a los muertos de mi casa.
Rostros perdidos en mi frente, rostros
sin ojos, ojos fijos, vaciados,
¿busco en ellos acaso mi secreto,
el dios de sangre que mi sangre mueve,
el dios de yelo, el dios que me devora?
Su silencio es espejo de mi vida,
en mi vida su muerte se prolonga:
soy el error final de sus errores. "

Fragmento de Elegía Interrumpida

Octavio Paz

La elegía es un tipo de composición poética que eleva un lamento por algún motivo de dolor o nostalgia.

Algunos de los temas clásicos de la elegía son el paso del tiempo, la nostalgia o el amor perdido. Sin embargo, el tema funerario ha llegado a dominar principalmente el género, de manera que comúnmente suele entenderse por elegía al llanto poético por la muerte de un ser querido o personaje de gran importancia pública. Desde el punto de vista de la forma, la elegía mantiene la costumbre de usar terceto o verso libre. Los poetas clásicos grecolatinos componían estos textos en la métrica estricta de hexámetro y pentámetro, de manera que llegó a también denominarse como Elegía a los textos que, aun versando de temas placenteros o felices, cumplieran con esta exigencia métrica.

Entre los antecedentes principales del género se encuentran las Tristes, elegías del poeta latino Ovidio quien canta a la pena de su destierro de Roma. Otros poetas grecolatinos que cultivaron el género fueron Solón(uno de los llamados siete sabios de Grecia) y Tibulo y Propercio entre los autores latinos.

En la tradición hispanoamericana se destacan, por supuesto, Las coplas a la muerte del padre de Jorge Manrique, el Llanto por Ignacio Sánchez Mejía de Federico García Lorca y también la Elegía a Ramón Sijé de Miguel Hernández, que incluimos en esta nota.

Elegía a Ramón Sijé

(En Orihuela, su pueblo y el mío, se
me ha muerto como del rayo Ramón Sijé,
con quien tanto quería)

Yo quiero ser llorando el hortelano
de la tierra que ocupas y estercolas,
compañero del alma, tan temprano.

Alimentando lluvias, caracolas
y órganos mi dolor sin instrumento,
a las desalentadas amapolas
daré tu corazón por alimento.
Tanto dolor se agrupa en mi costado
que por doler me duele hasta el aliento.

Un manotazo duro, un golpe helado,
un hachazo invisible y homicida,
un empujón brutal te ha derribado.

No hay extensión más grande que mi herida,
lloro mi desventura y sus conjuntos
y siento más tu muerte que mi vida.

Ando sobre rastrojos de difuntos,
y sin calor de nadie y sin consuelo
voy de mi corazón a mis asuntos.
Temprano levantó la muerte el vuelo,
temprano madrugó la madrugada,
temprano estás rodando por el suelo.

No perdono a la muerte enamorada,
no perdono a la vida desatenta,
no perdono a la tierra ni a la nada.

En mis manos levanto una tormenta
de piedras, rayos y hachas estridentes
sedienta de catástrofes y hambrienta.

Quiero escarbar la tierra con los dientes,
quiero apartar la tierra parte a parte
a dentelladas secas y calientes.

Quiero minar la tierra hasta encontrarte
y besarte la noble calavera
y desamordazarte y regresarte.

Volverás a mi huerto y a mi higuera:
por los altos andamios de las flores
pajareará tu alma colmenera
de angelicales ceras y labores.


Volverás al arrullo de las rejas
de los enamorados labradores.

Alegrarás la sombra de mis cejas,
y tu sangre se irá a cada lado
disputando tu novia y las abejas.

Tu corazón, ya terciopelo ajado,
llama a un campo de almendras espumosas
mi avariciosa voz de enamorado.

A las ladas almas de las rosas
del almendro de nata te requiero,
que tenemos que hablar de muchas cosas,
compañero del alma, compañero.

De El rayo que no cesa Miguel Hernández