El Quijote de Avellaneda

Introducción al "Quijote apócrifo"

Quijote de Avellaneda
Quijote de Avellaneda.

Antes de que Cervantes terminara de escribir la segunda parte del Quijote, apareció en 1614 lo que hoy se denomina el Quijote de Avellaneda, el Quijote apócrifo o el Falso Quijote, la imitación escrita por el licenciado Alonso Fernández de Avellaneda, natural de Tordesillas, con el título Segundo tomo del ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha, que contiene su tercera salida y es la quinta parte de sus aventuras.

¿Quién era Alonso Fernández de Avellaneda?

Sabemos poco de su vida, por lo que muchos cervantistas creen que es un seudónimo. Sea quien sea el autor, se cree que era un hombre culto, posiblemente un clérigo, que era de Aragón por los aragonesismos en el texto, que era un devoto de los dominicos y del rosario, y que posiblemente era amigo de Lope de Vega. Los críticos han sugerido que el verdadero autor podría ser Alonso Fernández de Zapata, párroco de Avellaneda, en Ávila, el poeta Pedro Liñán de Riaza, Bartolomé Leonardo de Argensola o su hermano Lupercio Leonardo de Argensola, Jerónimo de Pasamonte o Cristóbal Suárez de Figueroa.

Cabe destacar que por alguna razón que no se sabe (posiblemente el fallecimiento del autor del libro) el prólogo fue redactado por otro escritor y critica mucho a Cervantes. Se ha sugerido que posiblemente lo escribió Lope de Vegao Baltasar Elisio de Medinilla.

Por lo general los expertos coinciden en que la intención del autor era molestar a Cervantes.

Según Francisco Rico: “Se dice que está escrito por un partidario de Lope de Vega que se siente disgustado por las segundas intenciones que, en el caso de las menciones a Lope, se pueden descubrir en Cervantes, pero todos los libros de gran éxito tienen segundas partes apócrifas o auténticas, quiero decir, de La Celes­tina hubo docenas de imitaciones, más que continuaciones; del Lazarillo tenemos varias continuaciones y el Guzmán de Alfarache también las tuvo”.

El libro

En el Quijote de Avellaneda, llegan al pueblo de don Quijote unos caballeros granadinos que lo inspiran a salir en otra aventura, esta vez con el nombre "Caballero Desamorado" porque se ha renunciado al amor de Dulcinea. Con su escudero Sancho, se dirige a Zaragoza para participar en las justas. No llegan a tiempo para las justas, pero se reúnen con los caballeros granadinos quienes les hacen una serie de burlas y les preparan aventuras ficticias. Durante estas aventuras que los llevan a Madrid, Sigüenza y Alcalá de Henares, conocen a una mujerzuela llamada Bárbara (o Zenobia, Reina de las Amazonas, como la llama don Quijote), quien los acompaña en sus andanzas. Al final del libro don Quijote termina en un manicomio, Bárbara en una casa de arrepentidas y Sancho al servicio de un noble. Además, el autor anuncia que habrá una tercera parte.

No carece de virtudes literarias y no es un libro mal escrito, sin embargo, la obra de Cervantes lo eclipsa. Es imposible imitar el humor e ironía de Cervantes, y los personajes en el Quijote de Avellaneda son reducidos a caricaturas que no tienen la misma complejidad, profundidad y humanidad que los de Cervantes.

Reacción de Cervantes

Cervantes dedica gran parte de su prólogo de la segunda parte del Quijote al tema Quijote de Avellaneda y en resumidas cuentas afirma que no va a guardarle rencor a Avellaneda, explica cómo lesionó la mano en una batalla, habla del honor y promete ponerle final a la vida de su protagonista don Quijote para que nadie lo pueda resucitar.

Estos son algunos fragmentos del prólogo de Cervantes:

¡Válame Dios, y con cuánta gana debes de estar esperando ahora, lector ilustre o quier plebeyo, este prólogo, creyendo hallar en él venganzas, riñas y vituperios del autor del segundo Don Quijote, digo, de aquel que dicen que se engendró en Tordesillas y nació en Tarragona! Pues en verdad que no te he dar este contento;  que puesto que los agravios despiertan la cólera en los más humildes pechos, en el mío ha de padecer excepción esta regla. Quisieras tú que lo diera del asno, del mentecato y del atrevido, pero no me pasa por el pensamiento: castíguele su pecado, con su pan se lo coma y allá se lo haya. Lo que no he podido dejar de sentir es que me note de viejo y de manco, como si hubiera sido en mi mano haber detenido el tiempo, que no pasase por mí, o si mi manquedad hubiera nacido en alguna taberna, sino en la más alta ocasión que vieron los siglos pasados, los presentes, ni esperan ver los venideros.

[...]

He sentido también que me llame invidioso, y que, como a ignorante, me describa qué cosa sea la invidia; que, en realidad de verdad, de dos que hay, yo no conozco sino a la santa, a la noble y bien intencionada; y, siendo esto así, como lo es, no tengo yo de perseguir a ningún sacerdote, y más si tiene por añadidura ser familiar del Santo Oficio; y si él lo dijo por quien parece que lo dijo, engañóse de todo en todo: que del tal adoro el ingenio, admiro las obras y la ocupación continua y virtuosa. Pero, en efecto, le agradezco a este señor autor el decir que mis novelas son más satíricas que ejemplares, pero que son buenas; y no lo pudieran ser si no tuvieran de todo.

[...]

Dile también que de la amenaza que me hace, que me ha de quitar la ganancia con su libro, no se me da un ardite, que, acomodándome al entremés famoso de La Perendenga, le respondo que me viva el Veinte y cuatro, mi señor, y Cristo con todos [...] La honra puédela tener el pobre, pero no el vicioso; la pobreza puede anublar a la nobleza, pero no escurecerla del todo; pero, como la virtud dé alguna luz de sí, aunque sea por los inconvenientes y resquicios de la estrecheza, viene a ser estimada de los altos y nobles espíritus, y, por el consiguiente, favorecida.

[...]

Y no le digas más, ni yo quiero decirte más a ti, sino advertirte que consideres que esta segunda parte de Don Quijote que te ofrezco es cortada del mismo artífice y del mesmo paño que la primera, y que en ella te doy a don Quijote dilatado, y, finalmente, muerto y sepultado, porque ninguno se atreva a levantarle nuevos testimonios, pues bastan los pasados y basta también que un hombre honrado haya dado noticia destas discretas locuras, sin querer de nuevo entrarse en ellas: que la abundancia de las cosas, aunque sean buenas, hace que no se estimen, y la carestía, aun de las malas, se estima en algo. Olvídaseme de decirte que esperes el Persiles, que ya estoy acabando, y la segunda parte de Galatea.