El misterio astronómico de Stonehenge

La arqueoastronomía desveló Stonehenge como un calendario de piedra

Stonehenge
Puesta de sol en Stonehenge. Cheng I

Uno de los monumentos más extraordinarios y celebrados de la prehistoria es sin duda el círculo megalítico de Stonehenge en Inglaterra. Se han escrito todo tipo de ensayos, de arqueología seria y desgraciadamente de antropología paranormal, especialmente a raíz de los conocimientos astronómicos de los antiguos celtas que se suponían nulos. Ahora, la arqueoastronomía ha demostrado que grandes monumentos de la prehistoria y la historia antigua se construyeron alineados con objetos celestes y por lo tanto gracias a una sabiduría astronómica desconocida.

Las primeras pruebas incomprendidas

Todo comenzó en 1901, cuando el eminente astrónomo británico Sir Norman Lockyer, quien ya había establecido una orientación astronómica para la Gran Pirámide se interesó por los restos megalíticos de su país.

Cinco años después publicó Stonehenge and Other British Stone Monuments Sans Astronomically Considered, donde afirmaba que los pueblos prehistóricos del segundo y tercer milenio antes de nuestra era, no sólo eran los constructores de estas misteriosas estructuras, sino que concibieron sus monumentos como una especie de calendarios, en los que las piedras estaban alineadas tanto en la dirección del Sol, como en la de numerosas estrellas.

A pesar del prestigio de Lockyer como astrónomo, su postura fue ampliamente contestada por la mayoría de los arqueólogos y hubo de transcurrir más de medio siglo para que su tesis fuese recuperada. En la década de los 60 su rehabilitación estaba en marcha.

Stonehenge descifrado

Los trabajos de Gerald Hawkins, profesor de astronomía de la Universidad de Boston, fueron la primera piedra de esta rehabilitación. Para verificar las relaciones entre los movimientos de los cuerpos celestes y la posición de los megalitos de Stonehenge utilizó un ordenador, con el que obtuvo correlaciones con situaciones estacionales extremas del levantamiento y ocaso del Sol y de la Luna.

En 1963, la revista Nature exponía sus tesis que presentaban a Stonehenge como una computadora de la edad de piedra, planificada para determinar con exactitud los eclipses lunares. Dos años más tarde Hawkins público una versión ampliada de sus observaciones en un libro que tituló sin vacilar Stonehenge descifrado.

La publicación causó un alboroto considerable en el mundillo científico y el prehistoriador Richard J.C. Atkinson (1920-1994), de la Universidad de Cardiff, Gales, que ya 1956 se había opuesto a las teorías de Lockyer, calificó la obra de Hawkins de "tendenciosa, pretenciosa, chapucera y de nulo convencimiento".

Una red megalítica orientada astronómicamente

Fred Hoyle, sin embargo, reputado astrónomo de Cambridge, se mostró receptivo a su exposición y confirmó que los hoyos de Aubrey, en Stonehenge, podrían haber servido a un propósito astronómico de altos vuelos. Más aún, estimaba que otros círculos de piedra de Cornwall, Dartmoor y Escocia fueron erigidos para obtener una observación precisa de los complicados ciclos lunares, determinados por vez primera por Tycho Brahe en el siglo XVII, y que, sin embargo, podían haber sido minuciosamente anotados en piedra hace 4 000 años.

Los círculos megalíticos eran para Hoyle el trabajo de un auténtico Newton o Einstein.

Los círculos científicos permanecían aún conmocionados cuando, en 1267, como un profesor de ingeniería de Oxford, Alexander Thom (1894-1985), presentó sus increíbles hallazgos basados en el estudio de más de 600 emplazamientos megalíticos desde las islas Orcadas y las Hébridas, hasta el sur de la Bretaña francesa.

Estos descubrimientos figuran en dos libros, de difícil acceso a los profanos, Megalithic Sites in Britain y Megalithic Lunar Observatories, en los que pretende descubrir una compleja red megalítica diseñada geométricamente y orientada astronómicamente con un grado de exactitud y perfección verdaderamente asombroso.

La yarda megalítica como medida prehistórica

Pero lo más impactante resulta la hipótesis de Thom de que los constructores megalíticos habían obedecido a unas estrictas reglas comunes, al menos en Europa occidental.

Habían desarrollado una unidad básica de medida, que denominó yarda megalítica (equivalente a 81,25 cm), con la que erigieron círculos de piedra que son en realidad elegantes elipses y formas ovoidales, cuya geometría interna revela el empleo de triángulos equiláteros, atribuidos a la escuela pitagórica, más de un milenio después, así como videncias que implican el conocimiento del valor de pi, cuyo primer testimonio escrito conocido es el del sabio hindú Aryabhata, en el siglo VI.

Los constructores megalíticos de grandes estructuras como Stonehenge, Avebury o Carnac aparecían a los ojos de Thom no solo como grandes ingenieros, sino también como delicados geómetras y avanzados astrónomos.

Se esperaba que quienes se habían opuesto a las propuestas de Lockyer y de Hawkins, lapidaran también a Thom. Pero cuando el Journal for the History of Astronomy público sus descubrimientos, en 1975, incluso el propio Atkinson modificó sus ideas y defendió públicamente el valor de los trabajos de Thom "que destrozan el modelo conceptual de la prehistoria de Europa tan coherente durante todo el presente siglo… En términos de este modelo, es casi inconcebible que simples bárbaros en el lejano noroeste fueran capaces de tal despliegue de conocimientos matemáticos y sus aplicaciones. Incluso esto no es más que una pequeña pista de lo que puede llegar a descubrirse". La arqueoastronomía megalítica había ganado su primera batalla.