El deseo de poder y su significado

Poder
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El poder implica ejercer control sobre la conducta de otras personas así como la capacidad para modificar su comportamiento.

Las personas con alto deseo de poder intentan persuadir y controlar a los demás y conseguir reconocimiento y prestigio. Suelen ser personas conservadoras que, una vez que alcanzan el poder, no desean que nada cambie sino que utilizan su poder para mantener la situación como está

Cómo son las personas con mayor necesidad de poder

  • Intentan persuadir y convencer a los demás sobre diversos temas con mayor frecuencia que el resto de las personas.
  • Tratan de dirigir y controlar a los demás en mayor a menudo.
  • Usan el poder y el control que ejercen sobre las personas para su beneficio personal.
  • Tratan de buscar reconocimiento, reputación y prestigio ante los demás.
  • No suelen pedir ayuda a otros.
  • Los hombres son competitivos, asertivos y agresivos. Las mujeres con necesidad de poder, en cambio, no muestran estos comportamientos en mayor medida que el resto de las personas.
  • Buscan alianzas con otras personas para obtener beneficios pero las deshacen cuando ya no obtiene provecho de ellas.
  • Tienen más probabilidades que los demás de verse influenciados por prejuicios, ya que tienden a guiarse por estereotipos al juzgar a los demás.
  • Cuando evitan el beneficio personal y se orientan hacia el beneficio del grupo, pueden ser buenos líderes.
  • Tienen una mayor tendencia a realizar acciones que tienen un impacto emocional en los demás.

Diferencias entre los sexos

No parece que haya diferencias entre los sexos en el deseo de poder pero sí las hay en las conductas que utilizan debido a la influencia que ejerce la sociedad. Por ejemplo, la conducta agresiva está peor vista entre las mujeres que entre los hombres.

Poder y agresividad

Como decíamos antes, los hombres con mayor necesidad de poder suelen ser también más agresivos, algo que no sucede entre las mujeres. Sin embargo, muchos hombres con alta necesidad de poder tampoco se muestras agresivos. Esto indica que existen más factores implicados en la agresividad, principalmente factores relacionados con las normas o presiones sociales. La agresividad puede ser un modo de alcanzar poder, de modo que en culturas en las que dicho comportamiento no se castiga, tenderán a hacer un mayor uso de ella. Por el contrario, una cultura que rechaza el uso de la agresión y la violencia tendrá una opinión negativa de la persona agresiva, con rechazo social y, como consecuencia, una disminución de la influencia, el prestigio y el poder de esa persona.

Poder y prestigio

La necesidad de poder está especialmente asociada con el prestigio social. Las relaciones que estas personas establecen con los demás suelen estar basadas en la satisfacción de esa necesidad de prestigio, de modo que se rodean de personas que no supongan una competencia para ellos, que los admiren y los sigan. Prefieren relacionarse con grupos antes que con individuos porque de ese modo pueden obtener un mayor reconocimiento.

Cuando están en un grupo, hablan más tiempo que los demás, tratando de influir en ellos y convencerlos, no favorecen el debate, sacan temas que les interesan a ellos y buscan su propio provecho personal. Suelen tener una evaluación negativa del resto de las personas.

Buscan tener posesiones que indican prestigio, como coches caros que pueden mostrar a los demás y a menudo tienen un comportamiento ostentoso, con despilfarro de dinero o fiestas e invitaciones en las que pueden mostrar a los demás su poder y su éxito.

El deseo de impresionar y dominar a los demás suele estar relacionado con actitudes egoístas y explotadoras.

Poder y estereotipos

Las personas con alta necesidad de poder suelen recurrir en mayor medida al uso de estereotipos porque los utilizan para categorizar a las personas y para que nada cambie.

Cuando se percibe a un grupo en base a un estereotipo, no se tiene en cuenta el individuo, todos se consideran iguales y pertenecientes a un grupo concreto cuyas características están definidas por dicho estereotipo.

Estas personas, que se consideran parte de un grupo privilegiado y superior (el grupo con poder), esperan que todo siga igual, que el grupo subordinado siga siendo subordinado mientras ellos siguen teniendo el control. Por eso son reacios a cualquier tipo de cambio.

Por el contrario, es el grupo dominado y sin poder el que tiende a promover el cambio debido a la situación de injusticia e inferioridad en que se encuentra. Así, se establece una lucha de poder en la que el grupo dominante trata de ejercer el control y el grupo dominado intenta revelarse en cuanto tiene ocasión.

Las relaciones de los poderosos

La atención de los demás suele dirigirse en mayor medida a las personas con más poder. Así, todos conocen mucho más al poderoso de lo que el poderoso los conoce a ellos, que puede no saber apenas nada de las personas que lo rodean, sus vidas o sus deseos. El poderoso exige que sean los demás los que le presten atención mientras que apenas presta atención a los demás. De hecho, hacen menos contacto ocular cuando hablan con alguien, a no ser que se trate de alguien en una posición de poder.  Al no conocer apenas a quienes tiene a su alrededor, es más difícil que los estereotipos por los que se guía se rompan, de manera que se mantienen más fácilmente, perpetuando la situación.

La percepción que tienen de los demás está influencia por la necesidad de poder, de manera que quienes tienen un deseo de poder más elevado tienden a ver a las personas de estatus elevado como indeseables (son una competencia para ellos) pero competentes, mientras que perciben a los que tienen un estatus bajo (siempre que no sea demasiado bajo) como agradables pero incompetentes. En general, juzgan a los demás en base al grupo al que pertenecen y no en base a sus características personales individuales.

Cuando estas personas no tienen éxito y no se satisface su necesidad de prestigio y poder, pueden tener problemas de conducta, beber en exceso y otros problemas, así como una percepción hostil y despreciativa de los demás, sobre todo de aquellos que tienen éxito.

 Cuando el poder se usa para el beneficio de los demás

Como hemos visto hasta ahora y en base a las investigaciones realizadas, el deseo de poder suele estar asociado a características no muy positivas de la personalidad, como egoísmo y deseo de beneficiarse personalmente a costa de los demás.

No obstante, algunas personas buscan el poder para fines sociales y no personales. Sin embargo, estas personas no suelen tener un deseo de poder elevado. No buscan ejercer control sobre los demás, ni influir en sus decisiones, ni prestigio social, ni suelen mostrar las características que aparecen al inicio de este artículo para definir a las personas con alta necesidad de poder. Por el contrario, son personas prosociales en las que predomina el deseo de ayudar a otros y hacer un bien común.

Por desgracia, los estudios realizados muestran que un gran porcentaje de personas en situación de poder, como políticos o directivos de organizaciones, sí muestran un alto deseo de poder, con las características descritas a lo largo de este artículo. Cuando este tipo de personas domina la esfera política, no es raro que los casos de corrupción se disparen, pues solo buscan el poder para su beneficio personal.

Por tanto, es importante para la sociedad aprender a detectar a este tipo de personas e impedirles su acceso al poder, dejando paso a líderes prosociales capaces de ejercer un liderazgo  en beneficio de la sociedad.

¿El poder corrompe?

El poder en sí mismo no corrompe pero sí puede atraer a personas con una mayor capacidad para corromperse, quienes, una vez alcanzado el poder, pueden permitirse hacer cosas no del todo éticas que no podrían hacer de estar en una situación de bajo poder.

Sin embargo, cuando le damos poder a personas éticas y altruistas (como muestra una investigación realizada por Katherine A. DeCelles, de la Universidad de Toronto), éste tiende a sacar lo mejor de ellas porque las hace más conscientes de que el poder que tienen puede influir, para bien o para mal, en las vidas de otras personas.

Como dijo Abraham Lincoln: “Si quieres poner a prueba el carácter de una persona, dale poder”.