¿Cómo funciona una bombilla?

La lámpara eléctrica se empezó a comercializar en 1880

Bombilla incandescente
KMJ, lic. CC by-sa 3.0

La bombilla eléctrica es posiblemente uno de los mejores inventos de la historia de la humanidad. Desde el descubrimiento del fuego, que eliminó la dependencia humana de la luz del sol, la creación de estas pequeñas lámparas ha ampliado la posibilidad de llevar la luz a todos los lugares del planeta. El funcionamiento de la original bombilla incandescente es, sin embargo, muy diferente a la actual bombilla fluorescente de bajo consumo.

Cómo funciona una bombilla incandescente

Una bombilla incandescente, de las tradicionales, tiene un funcionamiento en realidad muy similar a una antorcha. Se basa en el calentamiento de un metal, el tungsteno, a través de una corriente eléctrica. Esta corriente, que pasa por ese delgado filamento provoca que el metal entre en incandescencia e irradie luz.

El principal problema que ofrecen estas lámparas, y la causa de su retirada en los países occidentales, reside en su baja eficiencia. La mayor parte de la electricidad suministrada a una de estas bombillas se disipa en forma de calor. Hasta el 95% de la energía se pierde en forma de calor y sólo un pequeño porcentaje se destina en realidad a aportar luz. Por eso, una vez encendidas, estas bombillas no pueden tocarse con las manos: queman más que la luz que aportan.

Cómo funciona una bombilla fluorescente

Desde finales del siglo XX, la bombilla fluorescente ha empezado a sustituir a la bombilla incandescente tradicional, en general por regulaciones gubernamentales que buscan la eficiencia energética.

Y esa es la gran ventaja de este tipo de lámparas: apenas emiten calor, puesto que se basan en la emisión directa de fotones.

Las bombillas fluorescentes se componen de un gas inerte, encapsulado en un cristal que une dos filamentos. En este caso, la corriente eléctrica que calienta los filamentos permite ionizar el gas.

Se genera, de esta manera, un puente de plasma que provoca la emisión de fotones, es decir, de luz.

Las originales lámparas fluorescentes eran alargadas y muy frágiles y necesitaban de unos balastos (cebadores) magnéticos. Además de poco prácticos, porque se tenían que sustituir cada cierto tiempo, provocaban un efecto de parpadeo en la luz, que se he eliminado con los cebadores electrónicos de las actuales bombillas fluorescentes compactas.

La presencia de mercurio en este tipo de lámparas, imprescindible para la emisión de fotones, provoca que su reciclaje sea mucho más complejo que el de las bombillas incandescentes. No se pueden eliminar arrojándolas a la basura y necesitan ser depositadas en contenedores específicos.

Edison y la bombilla incandescente

La invención de la bombilla eléctrica suele asociarse a la figura de Thomas Alba Edison (1847-1931). Pero él no fue su inventor, puesto que este tipo de lámparas ya se conocían desde décadas antes de que empezara a trabajar en ello el gran creador estadounidense. Ya en 1860, el británico Joseph Swan (1828-1914) había producido una lámpara con filamento de carbón, aunque la primera lámpara eléctrica de la historia se remonta al año 1802 y fue producida gracias a un experimento del también británico Humphry Davy (1778-1829).

Sin embargo, no es inadecuado considerar a Edison como la principal figura relacionada con las bombillas: no inventó las lámparas, pero sí diseñó el sistema de suministro eléctrico para alimentarlas. Como define el divulgador Ben Bova, Edison 'no estaba interesado en inventar una lámpara en sí, quería electrificar el mundo'. Así, el inventor estadounidense sí puede ser considerado el padre de la bombilla, puesto que simplificó los sistemas para la producción comercial de lámparas y, además, contribuyó de manera notable a la implementación de sistemas de transporte de energía. Fue el responsable, en 1880, de la primera patente de uso comercial de una bombilla.

El invento de la bombilla de bajo consumo

Las lámparas fluorescentes fueron presentadas por primera vez en la Exposición Universal de Nueva York de 1939.

Desde entonces su uso se extendió por todo el mundo, aunque su gran tamaño (eran los originales fluorescentes alargados) impidió un mayor desarrollo.

Un ingeniero de la General Electric creó en 1976 la pequeña bombilla fluorescente que ahora conocemos, la llamada CFL (siglas en inglés de Lámpara Fluorescente Compacta). Era literalmente un tubo fluorescente más pequeño y doblados en espiral sobre sí mismo, pero sus costes de su fabricación no permitieron su verdadero desarrollo comercial hasta los años 80.