Ciencia ficción primitiva y astronáutica

La importancia de la ciencia ficción para el pensamiento científico

Cyrano de Bergerac ante sus criaturas
Ilustración que muestra la fértil imaginación de Cyrano de Bergerac. © Archives Larbor

La relación entre la ciencia y el género de la ciencia ficción sucede en ambos sentidos. Los científicos se plantean desafíos gracias a esa literatura y la buena ciencia ficción se nutre de las revistas de divulgación científica.

Según palabras de Freeman Dyson, físico de Princeton, “este género literario no es más que la exploración del futuro utilizando las herramientas de la ciencia”. Desafortunadamente, insiste, “la ciencia ficción adquirió una pésima reputación debido a una mala ficción y a una ciencia aún peor”.

Fantasías espaciales

Siempre ha existido una relación estrecha entre la ciencia y las fantasías literarias futuristas. En numerosas ocasiones, filósofos y científicos han utilizado el recurso de la fantasía para exponer ideas que no podían demostrar y que hubieran sido tomadas a broma.

Cyrano de Bergerac, por ejemplo, que la ficción convirtió en narigudo y enamoradizo, ya se enfrentaba en 1675 con el recochineo de sus camaradas y la desconfianza de la Inquisición a causa de sus fantasías espaciales, por lo que ofrecía la ciencia como garantía de sus especulaciones: “Más por mucho que aduje que Pitágoras, Epicuro, Demócrito, y ya en nuestra época, Copérnico y Kepler eran de esta opinión (que la Luna era sólo un mundo más como el nuestro en la infinitud del Universo), no conseguí sino que se desternillaran aún más”.

Imaginando cohetes para superar la gravedad

Por cierto, que en Los Estados e Imperios de la Luna, escrita en 1633, Cyrano se refiere por primera vez al sistema de cohetes para superar la gravedad terrestre.

Werner Von Braun no tuvo reparos en afirmar que para el diseño de los cohetes de tres fases que pusieron en órbita las naves espaciales estadounidenses, se había inspirado en esta obra: “Habiendo las llamas devorado una fila de cohetes, otra fila se prendía, luego otra”, hasta situarle en órbita.

La pasión de los ingenieros de la NASA por las obras de especulación científica es proverbial, como demuestra la anécdota de que en un remoto pueblo de Alabama (EEUU), llamado Huntsville, se producía un insólito y elevado número de suscripciones a Astounding, una revista emblemática de la ciencia ficción.

Intrigado su director, indagó y descubrió que allí se había establecido el equipo de científicos alemanes que habían diseñado las bombas volantes V-2, cuya cabeza visible era precisamente Werner von Braun.

La ciencia requiere la fantasía futurista para caminar. Lo que uno no puede demostrar, pero intuye, se pone en clave de relato para que no sea causa de regocijo para sus contemporáneos.

Los mundos imaginarios de Kepler, Huygens y Newton

Kepler, en su Somnium Astronomicum, de 1634, mediante una historia cómica y valiéndose de sus conocimientos científicos desarrolla sus ideas sobre la gravitación muy aproximadas a las que Newton demostraría en 1685. Sin embargo, al carecer de las herramientas del cálculo diferencial, pocas fórmulas podía ofrecer, así que pone en boca del protagonista soñador Duracotus la intuición, que no la demostración: “Cuando las fuerzas de atracción de la Luna y de la Tierra se equilibran mutuamente, parece como si ninguna de las dos ejercieran atracción. Entonces, siendo el cuerpo humano lo único que allí existe, las partes menores, los miembros, se ven atraídas por la masa principal”.

Kepler fue un caso raro, ya que los cosmólogos no solían publicar sus más íntimas especulaciones.

Huygens, el creador de la teoría ondulatoria de la luz, apalabró que su fantástico tratado de cosmología, Cosmotheoros, no fuera publicado hasta después de su muerte en 1695, en el cual se atrevía a decir que “no es improbable que el resto de los planetas posean sus propias estructuras, y quizá también posean como en nuestra Tierra, sus propios habitantes”.

El propio Newton también ejerció su heterodoxia asegurando que los seres humanos alcanzarían algún día los astros que se movían por el cielo: “Podrán llegar adonde quieran, instalarse donde quieran, permanecer en cualquier región del cielo para disfrutar allí de la compañía de algún otro ser”. Pero la mayor parte de esos manuscritos, en su mayor parte alquímicos y conservados en la Universidad Hebrea de Jerusalén, aún siguen inéditos.

La ficción despertó la imaginación de los ingenieros

Luciano de Samosata, Francis Bacon, Voltaire, el obispo Godwin o Jonathan Swift, entre otros, contribuyeron a mantener viva la fantasía en los seres humanos y especialmente activa la imaginación en los científicos. Pero fue a partir de la revolución industrial, con el despegue de la técnica, que la especulación científica se convierte en género.

El ingeniero ruso Konstantin Eduárdovich Tsiolkovski, mentor de la cosmonáutica rusa, fue otro de científicos que no se atrevió a escribir un ensayo sobre sus teorías acerca de los viajes espaciales. Publicó sin embargo en 1895 sus Ilusiones sobre la Tierra y el Cielo, una obra de ciencia ficción donde no sólo imaginó los medios para situar hombres en el espacio, sino una buena parte de los problemas que sus paisanos cosmonautas encontraron en su tarea de adaptarse a un medio de gravedad cero.

Sueños de colonias interplanetarias

Realmente, como dice Freeman Dyson, “inflamó la imaginación de Rusia con sueños de colonias interplanetarias e inspiró directamente los ambiciosos programas espaciales de la Unión Soviética”.

Su éxito en Rusia impulsó la creación de sociedades científicas “para la propulsión a chorro”, e incluso pudo ver, poco antes de su muerte, el lanzamiento del primer cohete experimental ruso en 1933. Tsiolkovski utilizó por primera vez el término “sputnik” en una obra de ficción para designar el satélite artificial, y en otro de sus escritos técnicos diseñó una batisfera para la investigación de las profundidades marinas.