Calendarios del Antiguo Egipto

Un calendario perfecto construido sobre la estrella Sirio

Calendario egipcio de Kom Ombo
Calendario egipcio del templo de Kom Ombo en escritura jeroglífica, en el Alto Egipto. De la época ptolemaica (2.200 años de antigüedad). En el calendario (360 días por meses, más 5 días de fiesta dedicados a los dioses) se destacan las labores y actividades diarias de cada época. Robert Young

En contra de lo que pudiera pensarse, los antiguos egipcios no eran buenos astrónomos. Su conocimiento del cielo era muy inferior al de Mesopotamia y muy por debajo de su propia sabiduría en geometría o arquitectura. Por ejemplo, a diferencia de los mesopotámicos, no registraron ni un solo eclipse, o al menos no existe ninguna referencia conocida.

Las fuentes estudiadas para conocer la astronomía egipcia son papiros y monumentos del Imperio Nuevo (entre el 1550 aC.

y el 1070 aC. aprox.) e incluso del Imperio Medio (entre 2050 y 1750 aC., aprox.) y además poco originales, es decir se copiaban unos a otros, por lo que resulta difícil encontrar una fuente original.

Un calendario de tres estaciones casi perfecto

Por algunos papiros, aunque escritos en época romana, sabemos que ya en el Imperio Antiguo (entre 2700 y 2200 aC.) existían tratados de astronomía y la sabiduría con respecto a los calendarios y la orientación de las pirámides así lo atestigua.

3000 años aC. los egipcios ya habían elaborado un calendario de gran influencia en todas las culturas posteriores del Mediterráneo. Dividían el año en 12 meses de 30 días y tres estaciones que abarcaban cuatro meses exactos:

  • Inundación (Akhet o Ajet), entre mitad de julio y mitad de noviembre
  • Siembra (Peret o invierno), que transcurría de mitad de noviembre a mitad de marzo
  • Recolección (Shemu o verano) de mitad de marzo a mitad de julio

    más cinco días sobrantes dedicados a los dioses que no se adjudicaban a ningún mes y que los griegos llamaron epagómenos.

    No era el único calendario egipcio. Existía otro litúrgico que se basaba en las lunaciones para fechar las fiestas y ceremonias religiosas y que de forma similar era usado en Mesopotamia.

    Pero el más sorprendente es su calendario estelar civil.

    Calendario egipcio sin bisiestos

    Su calendario de 365 días y el día de 24 horas todavía lo conservamos hoy y se considera un preciso logro, aunque no usaban el día bisiesto para ajustarse al año astronómico. Como el año solar o tropical son 365 días y un cuarto (lo que se arregla actualmente cada cuatro años con un día más en febrero) y no prestaron atención a ese detalle a pesar de que lo conocían, conllevaba que al cabo de los años el verano coincidía con el mes de invierno oficial y viceversa.

    Si nuestro calendario, gracias al año bisiesto, se ajusta cada cuatro años al astronómico, los egipcios requerían 1 460 años (según algunas fuentes, ya que los cálculos se realizaron en el siglo IV por Teón de Alejandría, pero sin tener en cuenta la precesión de los equinoccios, así que otros autores ofrecen la cifra de 1456 años) para compaginar el año civil con el astronómico, intervalo que se conoce como periodo sotíaco (por la estrella Sirio, que ellos llamaban Sothis, entre otros nombres y apelativos).

    La historia nos cuenta que en el año 139 de nuestra era (dC.) se dio esa coincidencia, por lo tanto se ha calculado que también coincidieron en 1321 aC., 2781 aC.

    y 4241 aC. (1317 aC., 2773 aC. y 4229 aC., según otros historiadores de la ciencia), por lo que se supone que fue alrededor de una de estas últimas fechas cuando se adoptó este tipo de calendario.

    Un calendario de hace 5 000 años

    Pero la última cifra significaría que hace más de 6 000 años ya existía una civilización con ese poder de observación y análisis, lo que rechazan de plano los egiptólogos, así que se inclinan más por suponer que fue hacia el 2 800 antes de nuestra era cuando comenzó a utilizarse este calendario, fecha más acorde con los conocimientos históricos que se tienen del Antiguo Egipto.

    El gran avance de la astronmía egipcia fue utilizar la salida helíaca de la estrella más brillante del cielo (Sirio) para determinar el principio del año. Según algunos historiadores de la ciencia a ello se debe la precisión del calendario egipcio; pero no fueron conocimientos estrictamente astronómicos, sino la necesidad de encontrar un elemento práctico que les permitiera conocer cuándo tendrían lugar las benéficas crecidas del Nilo, auténtico organizador de su vida civil, ya que el río arrastraba el limo que producíría las cosechas que se recogerían solo cuatro meses más tarde.

    La aparición de Sirio y las crecidas del Nilo

    En aquella época, la aparición de Sirio poco antes del amanecer (lo que se conoce como salida helíaca de un astro), tras varios meses oculto tras el horizonte, indicaba a los egipcios que el Nilo pronto comenzaría a crecer y este acontecimiento marcaba el primer día del año y comienzo del mes de la inundación que abarcaba de mediados de julio a mediados de noviembre.

    Se comenzó a utilizar una estrella como marcador para un calendario administrativo útil ya que la crecida del río escapaba a cualquier previsión, según si era año de lluvias o de sequía en las mesetas de Etiopía. Así que la genialidad de utilizar un astro para marcar el momento adecuado fue una feliz serindipia.

    Los decanos en el calendario egipcio

    La otra innovación fueron los "decanos". El mes de 30 días se dividía en 3 semanas de diez días, cada una de las cuales venía indicada por algún asterismo (grupos de estrellas que dibujan alguna forma en el cielo) o alguna estrella muy brillante como Sirio.

    Los "decanos" estaban constituidos por 36 figuras celestes (se remontan al menos hasta la Tercera Dinastía, que existió hace unos 5 000 años), cada una de las cuales reinaba 10 días en el cielo, así que los 36 completaban todos los días del año egipcio.

    Julio César supo apreciar su valor calendárico y lo introdujo en los dominios romanos. Es el llamado calendario juliano y para su implantación recurrió al egipcio Sosígenes de Alejandría quien añadió el día bisiesto cada cuatro años, un día epagómeno más. Gregorio XIII en 1582 reformó el calendario juliano aportando el año bisiesto que se usaría todos los años de comienzo de siglo divisible por 400 y todos los demás divisibles por cuatro.

    Relojes estelares, un calendario de ultratumba

    Cada templo contaba con un equipo de sacerdotes que se turnaban día y noche para establecer el momento exacto en que deberían realizarse las sagradas ofrendas y ceremonias. Esta función no acababa en vida. En el mundo de oscuridad, de ultratumba, el finado debía cumplir los ritos celestes por lo que muchas paredes funerarias muestran representaciones astronómicas.

    Los relojes estelares se desarrollaron en Egipto hacia el 2400 aC. y se conoce su importancia porque se han encontrado decenas de casos de tapas de ataúdes en cuyo interior se incluía un reloj estelar. Se trata de un diagrama que indica el nombre del decano (la constelación o estrella que salen una determinada fecha y momento u hora de la noche) una cuadrícula con 40 columnas y 12 filas en las que cada casilla representa una fecha y una hora.

    La salida helíaca de una estrella indica la última hora de la noche porque enseguida llega el amanecer. Pero al trasladarse el Sol hacia el este según transcurren los días, la estrella se ve cada vez más temprano, por lo que cada 10 días se requiere otra estrella cuya salida helíaca marque la última hora nocturna, mientras que la estrella precedente señala la penúltima ahora, y así sucesivamente cada 10 días.

    El día de 24 horas

    En el reloj estelar, la fila inferior marcaba la última hora de la noche. El decano de esta fila y en la primera columna sería la estrella (o grupo de estrellas) con una salida helíaca la primera década del año. 10 días más tarde esta estrella se encontrará en la segunda fila inferior (penúltima hora nocturna) y en la segunda fila de la derecha, y así sucesivamente. Con cualquier decano se podía elaborar un esquema del horario nocturno durante un periodo de 12 décadas o de 120 días.

    Así, la noche se dividía en 12 horas. Con lo cual quedaban 12 horas diurnas. Aunque las horas no tenían la misma duración, los egipcios dividieron las horas del día en 10 originalmente, pero añadieron más tarde un hora para el alba y otra para el ocaso. Ya desde el siglo XII aC. se utilizaba el día de 24 horas.